Netflix acaba de estrenar una serie sobre las zonas oscuras presentes en diferentes ámbitos del sector agroindustrial. El material, titulado Rotten (“Podrido”), fue producido por un equipo de periodistas profesionales de la compañía estadounidense Zero Point Zero (la misma encargada del programa Parts Unknown conducido por el chef Anthony Bourdain).

Uno de los episodios muestra cómo los elaboradores chinos de miel lograron en 2015 crear un nuevo aditivo que, al ser incorporado a la miel, no lograba ser detectado en los controles oficiales realizados en las principales naciones importadoras. Así fue como inundaron el mercado mundial de pseudo miel para provocar un derrumbe fenomenal de los precios internacionales del producto (entre los perjudicados directos se incluye la cadena de valor apícola argentina).

Como EE.UU. bloqueó el ingreso de miel china por medio de una barrera antidumping, los exportadores chinos triangularon envíos a través de otras naciones asiáticas. Rotten muestra que, si bien la mayor parte de los importadores estadounidenses estaban al tanto de la truchada, preferían mirar hacia otro lado porque el producto chino era increíblemente barato y, como estaba identificado como “miel” –por más que no lo era– podían emplearlo en la elaboración industrial de alimentos para ganar puntos en marketing a un costo ínfimo (en los envases queda mucho mejor la palabra miel que la de azúcar, que tiene una creciente mala prensa).

También recuerda el caso de la compañía alemana Alfred L. Wolff Inc., que introdujo cantidades descomunales de miel adulterada en el mercado de EE.UU. a precios bajísimos, hasta que esa operación fue finalmente desarticulada en 2008 por una investigación de agentes federales estadounidenses (piratas hay en todas partes y de todas las nacionalidades).

Imperdible el episodio en el cual se muestra cómo una corporación estadounidense dedicada a la comercialización de ajos (Christopher Ranch), por medio del control de la entidad sectorial (Fresh Garlic Producers Association), logró crear –en connivencia con la burocracia estadounidense– barreras arancelarias para todas las compañías chinas exportadoras de ajos menos para una (Harmoni) que es, precisamente, la que tiene negocios con Christopher Ranch.

Un empresario chino radicado en EE.UU. y dedicado al negocio de comercialización de ajo pelado (los estadounidenses tienen costumbres raras) viajó a China para averiguar cómo hacían para ser tan competitivos y se encontró con empresas que emplean a presos como mano de obra esclava para pelar ajos.

Un episodio completo está dedicado a mostrar el probablemente peor negocio existente en todos los ámbitos agroindustriales: el de productor avícola integrado, quien se encarga de recibir pollitos para entregar pollos terminados al frigorífico avícola. Las características de esta actividad hacen que el productor avícola sea una suerte de empleado de la compañía avícola a pesar de tener que correr con todo el riesgo empresario. En una parte genial aparecen productores integrados brasileños acusando a JBS de empomárselos a pesar de que ese grupo cárnico se hizo grande gracias al dinero público –de todos los brasileños– aportado por la estatal BNDESpar.

En la Argentina los asociados a la Cámara Argentina de Productores Integrados de Pollos (Capip) vienen reclamando hace rato –por el momento sin éxito– la implementación por parte del Estado de un contrato que garantice derechos mínimos ante eventuales situaciones arbitrarias impuestas por frigoríficos avícolas.

Los tamberos argentinos no pueden dejar de ver el episodio dedicado a la lechería, el cual se focaliza en un pequeño tambo familiar que –como sucede en todas las naciones lecheras– la está pasando mal porque los requerimientos de escala para seguir en el negocio son cada vez mayores. El jefe de familia, para completar los magros ingresos del tambo, maneja un transporte escolar en la zona. Y lo hace con orgullo porque dice que está dispuesto a hacer sacrificios para mantener su estilo de vida.

Los tamberos recuerdan que 2014 fue un año de oro porque los precios que recibían por la leche volaban en línea con una suba infernal registrada por la leche en polvo. Pero al año siguiente ese globo se pinchó y sigue sin levantar cabeza hasta la fecha. Rotten no menciona –pero es importante saber– que el USDA aplica un Programa de Protección de Márgenes que asegura un ingreso mínimo a todos los productores lecheros de EE.UU.

Los productores de Rotten seguramente no saben que los tamberos argentinos no pudieron recibir precios elevados en 2014 porque la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner se encargó de que eso no pudiese ocurrir por medio de la instrumentación de un “cepo lácteo” (e increíblemente el año pasado visitó un tambo para solidarizarse con la situación de los productores lecheros).

Rotten muestra que algunos tamberos estadounidenses, para hacer frente a la crisis, están vendiendo leche cruda (sin pasteurizar) que es consumida por personas “amantes de lo natural”, quienes –concientes o no– se exponen a un riesgo sanitario. Aunque en Australia existe una firma (Made by Cow) que comercializa leche cruda “segura” sometida a alta presión fría, proceso patentado que es definido por la empresa como introducir las botellas, una vez envasadas, a “una presión seis veces superior a la presente en la parte más profunda del océano” para remover las bacterias peligrosas.

El documental es altamente recomendable para comprender cómo los diferentes rubros agroindustriales se encuentran sometidos a la dinámica de la globalización y cómo las tensiones terminan ajustando generalmente por los eslabones más débiles, mientras que los más poderosos hacen esfuerzos –empleando todos los recursos a su alcance– para garantizarse cuotas de mercado cautivas.