(10.10.2017) Si algo le faltaba a Lionel Messi para terminar de una vez por todas con las críticas y acusaciones de todo tipo vertidas hacia su persona desde que se calzó la camiseta número 10 de su país, esta noche dió una cátedra de fútbol y las sepultó para siempre.

Nobleza obliga, hay que decir que por fin tuvo dos compañeros que interpretaron su juego, el también defenestrado Ángel Di María y Enzo Pérez. Ambos lograron, en 35 minutos, lo que Messi no tuvo en toda la eliminatoria: una compañía que hablara su mismo idioma. La Pulga y el Fideo, la lepra y el canalla, ambos de la misma ciudad, la que supo ser escuela del mejor fútbol, cuna de la Bandera y de la Nueva Trova y de las mujeres más hermosas. Claro que no es una casualidad.

Y no hay mucho más para rescatar, la sobriedad de Nicolás Otamendi, la firmeza de Eduardo Salvio y pará de contar.

Romero inseguro en los centros, dudó en salir en el gol de los locales, Mascherano fuera de tiempo, con pelotazos que siempre caian en defensores ecuatorianos. Benedetto hacé de cuenta que no jugó, a ver si despues de esto los porteños se dejan de joder con el goleador de Boca.

Pese a toda esta adversidad y a los casi 3 mil metros de altura de Quito, Messi se las ingenió para hacer los tres goles de su equipo, dejar afuera del Mundial a Chile y convertirse en el goleador histórico de las eliminatorias.